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EXPLICACIONES IRRESPONSABLES

Al buscar una explicación a los actos de violencia que ocurren en la sociedad, generalmente las aguas se dividen: por un lado, están quienes opinan que es natural que las personas se agredan, porque existe un impulso violento en todo ser humano; por el otro, quienes afirman que una sociedad y una cultura violentas llevan a las personas a agredirse.

A pesar de ser tan opuestas, estas dos posturas tienen algo en común: son deterministas. En un caso, existe un determinismo biológico y en el otro uno cultural. Las personas somos violentas porque nacimos para serlo… o porque fuimos “criadas” -o socializadas- para serlo.

Considerar que la violencia es natural o cultural, nos permite “justificarnos” de nuestros actos agresivos, argumentando que no tenemos opción. Si ser violentos “está en nuestra naturaleza”, ¿quién puede acusarnos de serlo? De la misma manera, si vivimos inmersos en un estado de violencia constante, ¿cómo escapar a ella? Utilizamos permanentemente estos mecanismos de justificación, para aceptar la violencia como inevitable.

Pero ninguna de estas explicaciones puede justificar la violencia y “absolvernos” de responsabilidad. Independientemente de cuál sea su origen -biológico, o social- la violencia es algo que podemos evitar.

Suponiendo que la agresión sea un impulso natural en el ser humano -como la conducta alimentaria, o sexual- el hecho de que algunas personas voluntariamente ayunen o se mantengan célibes, demuestra que impulsos biológicos como el hambre o el sexo pueden ser refrenados. Las personas tenemos el poder de controlar nuestros impulsos y -como consecuencia- dominar nuestra naturaleza. De hecho, éste es uno de los rasgos que nos separa del resto de los animales.

Si -por el contrario- pensamos que la violencia tiene una raíz cultural, que somos violentos porque históricamente la sociedad donde vivimos lo ha sido, también deberíamos replantear esta justificación. Muchas veces definimos una conducta como “cultural” porque vemos que es “costumbre” en cierta comunidad. Por ejemplo, ante dos pueblos que están en guerra desde hace siglos, decimos que la violencia es parte de su cultura, que “siempre se han matado y continuarán haciéndolo“, que las nuevas generaciones nacen y se crían en ese mutuo odio y que nadie puede cambiar un hábito tan arraigado.

Pero las personas tenemos el poder de cambiar un hábito, sea individual o colectivo. Por lo tanto, podemos dejar de ser violentas “culturalmente”. Pensemos en las guerreras tribus vikingas que habitaban la región nórdica mil años atrás y comparémoslas con la población actual de Suecia, Noruega y Finlandia, que se encuentran entre los países con menos índices de violencia del mundo. En algún punto de la evolución de estos pueblos, las nuevas generaciones comenzaron a cambiar la herencia de sus antecesoras.

Tanto nuestros genes como el ambiente en el que nos desenvolvemos, nos dan una potencialidad, que actualizamos -o no- según nuestras decisiones, que se basan en determinados valores, necesidades y deseos. La naturaleza nos da el potencial de ser violentos o pacíficos: en el reino animal encontramos muchos ejemplos de conductas agresivas, pero no menos de colaboración y protección entre especies. De la misma manera, la cultura nos da el potencial de desarrollar la violencia, o de reprimirla: podemos diseñar armamento, planificar ataques e innovar en tecnología para agredir a los demás; o podemos construir medios alternativos para resolver los conflictos, basados en la comunicación y no en la destrucción.

Entre la naturaleza y la cultura está la persona -cada uno de nosotros- con innumerables herramientas que le permiten superar cualquier determinismo: la razón; la conciencia; el libre albedrío; la imaginación; las emociones; la educación; los ideales… Cada una de estas herramientas nos da poder para decidir. Con nuestra decisión, vencemos los condicionamientos de nuestros impulsos y de nuestro entorno.

Si bien todos somos parte de la naturaleza y vivimos dentro de una cultura, hay que tener mucho cuidado de dar a nuestro comportamiento una explicación externa… porque la misma puede ser una explicación irresponsable! De alguna manera, al “culpar” a la naturaleza o a la cultura, “delegamos” una responsabilidad que nos cabe a cada uno.

Natural y culturalmente, las personas tenemos el mismo potencial de ser violentas, que pacíficas. No estamos más determinadas a pelear y destruirnos, que a colaborar, establecer acuerdos y vivir en paz. Así como somos capaces de generar crueles guerras y dañar seriamente a otras personas, somos capaces de resolver nuestras diferencias por otros medios. La decisión está en cada uno de nosotros… y la responsabilidad también!

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