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ESCUCHE LA VOZ DE DIOS

El evangelista y fundador de la Alianza Cristiana y Misionera, A. B. Simpson, aprendió a escuchar la voz del Señor a temprana edad y siempre mantuvo sus oídos atentos al susurro que le indicaría el siguiente paso.

Simpson, hijo de un anciano de la iglesia Presbiteriana, se crío en un hogar cristiano muy estricto. Las discusiones verbales que denotaban cualquier desacuerdo en contra de las opiniones de su padre, siempre terminaban rápidamente. Sin embargo, Simpson siempre se preocupaba de no enfadar a su Padre celestial. Con eso en mente es fácil entender como fue que Simpson tuvo el valor de enfrentar a sus padres y en lugar de acatar la orden de trabajar la finca, les pidió permiso para consagrar su vida al ministerio de Cristo.

La vida de Simpson es un estudio de disciplina espiritual, la crónica de un hombre completamente rendido a la devoción de Dios. Y fue con esa devoción que Simpson supo esperar pacientemente al Señor para escuchar el próximo mandato de Dios, en cada encrucijada de su vida.

Él escuchó la voz del Señor que le indicó que fuera a la iglesia de Knox en Hamilton, Ontario. Luego de pasar ocho años allí, Simpson oyó la voz de Dios nuevamente. Esta vez le dirigía a Louisville, Kentucky. En Louisville, Simpson enmendó una iglesia y una comunidad que se encontraba dividida, puso una ciudad completa a los pies del Señor Jesucristo.
En cada decisión que tenía que tomar, Simpson escuchaba la voz de Dios. Simpson comenzó a tener una relación íntima con el Señor con el simple acto de escucharle.

Cuando se le preguntó a Simpson por qué escogió seguir el camino que tomó, su respuesta una vez más demostró la relación que mantenía este hombre con Dios: “No es mi deseo provocar desacuerdos, pero doy mi humilde testimonio, y para mí es muy real y maravilloso: Yo sé que es el Señor.”

Una manera de intimar con el Señor escuchándolo. La manera que Dios escoge para hablarnos no es lo importante, sino el mensaje que Él nos da. Hay tres elementos que se asocian cuando escuchamos la voz de Dios:
Dirección:

Muchas veces cuando le pedimos dirección al Señor, quisiéramos ver los planos de Su obra completa. En cambio, Dios sólo nos señala hacia donde tenemos que dirigirnos. Nos corresponde a nosotros, simplemente, obedecerle. Si obedecemos a Dios le demostramos que tenemos fe en su poder.

De esa manera también sentiremos gozo, paz y confianza en todo lo que hagamos porque sabemos que cada uno de nuestros pasos es dirigido por su Espíritu. Jesús le dijo a sus discípulos que estos harían aún mayores cosas en Su nombre. Verdad que es solamente posible por medio del Espíritu Santo, el mismo Dios que mora en los corazones de los creyentes. “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jeremías 33:3).

Instrucción:

Una vez establecemos una relación con Dios nos damos cuenta de que Él no nos va pedir que hagamos algo para luego dejarnos solos y sin ayuda. Dios nunca nos abandona. Su amor y su misericordia son para siempre. El creyente puede confiar plenamente en que Dios le ama.

Debido a que Dios conoce nuestro pasado, presente y futuro, actúa de acuerdo al plan que ya tiene trazado para cada uno de sus hijos. Es de sabios entregar todo en las manos del Todopoderoso y actuar de acuerdo al mandato divino. “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir”. (Juan 16:13).

Afecto:

Cuando escuchamos a Dios y le obedecemos siendo fieles a sus mandatos, recibiremos su amor protector para nuestras vidas. Conocer y entender el afecto de Dios es espectacular. De la misma forma en que entendemos su dirección y seguimos sus instrucciones, también es necesario manifestarle a Dios con nuestros labios, que le amamos y que estamos profundamente agradecidos por todo lo que ha preparado para nosotros. Y especialmente por el sacrificio del Hijo en la cruz del Calvario.

Regalo, que siendo inmerecido, es la justicia perfecta para toda la humanidad. “…para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3:17-19)